
Cuesta no dejarse llevar. Sea cual fuera el fin último o la motivación, muchas veces uno se ve envuelto en un torbellino de ambiciones, deseos y, en muchos casos, frustraciones cuando sentimos que nada de lo que hacemos es suficiente.
El problema empieza a aclarar cuando tomamos conciencia que estamos inmersos en un camino sin salida. Es ahí cuando tenemos ante nosotros la oportunidad de cambiar el rumbo de ese ensordecedor mandato que nos autoimpusimos y que nos arrastrará casi con seguridad hacia un final aciago.
Para pelear hay que saber cual es nuestro enemigo. A veces lo que sucede es que tenemos tantos frentes que no sabemos por donde empezar. Es probable que necesitemos de los demás para enfrentarlos. Este es el verdadero espíritu de solidaridad, cuando uno deja de ser el centro del mundo y se pone a disposición de otros para que puedan renacer.
Hoy que el mundo está patas para arriba todos reaccionamos de diferente manera. ¿Y si es esta la señal que esperábamos?. Menos es más, dicen por ahí. Esto es cierto siempre y cuando lo que nos falte no lo que verdaderamente alimenta nuestro espíritu y nuestra vida: la alegría y la pasión y la esperanza en que nada es irreversible.

